La pretemporada no perdona a los cuerpos adolescentes 🏃
En agosto, cuando el sol todavía cae sobre las canchas como una lámpara de interrogatorio, miles de atletas de secundaria regresan al entrenamiento con una mezcla peligrosa de entusiasmo, presión y zapatillas nuevas. Vuelven más altos, a veces más fuertes, casi siempre más confiados. También vuelven después de semanas de sueño desordenado, videojuegos nocturnos, viajes familiares, trabajos de verano y entrenamientos improvisados en los que la planificación suele tener la precisión de una moneda lanzada al aire.
La prevención de lesiones en pretemporada no empieza con una venda elástica ni con una bolsa de hielo heroica al final del entrenamiento. Empieza antes: en la evaluación honesta de cómo llega el atleta, cuánto ha entrenado realmente y qué demandas le esperan. El problema es que el deporte escolar, con su calendario comprimido y su épica de superación, a menudo confunde estar disponible con estar preparado. No es lo mismo. Un adolescente puede presentarse puntual, sonriente y con el uniforme limpio, y aun así tener unos isquiotibiales que parecen un cable viejo esperando la chispa.
«La lesión de pretemporada rara vez aparece de la nada: suele ser una factura atrasada que el cuerpo cobra cuando nadie revisó las cuentas.»
El mito del primer día heroico ⚠️
Hay entrenadores que todavía creen que la primera semana debe funcionar como una especie de purificación atlética: carreras interminables, sprints hasta que el orgullo se derrame por los poros y ejercicios de fuerza con más entusiasmo que técnica. Es una tradición tan arraigada como discutible. La intención puede ser noble —crear disciplina, medir compromiso, separar a quienes están listos de quienes no—, pero el cuerpo no negocia con discursos motivacionales.
Desde la fisioterapia, el principio es sencillo: los tejidos se adaptan cuando la carga aumenta de forma progresiva. Músculos, tendones, ligamentos y articulaciones no leen el calendario escolar; responden a estímulos. Si un atleta pasó julio haciendo poco y en tres días se le exige correr, saltar, cortar, lanzar y chocar como si hubiera entrenado para una final nacional, el resultado no es carácter. Es riesgo.
Las lesiones que más acechan en estas semanas 📊
La pretemporada concentra algunas de las lesiones más previsibles del año. Previsibles no significa inevitables, aunque a veces el sistema las trate como accidentes meteorológicos. Entre las más frecuentes aparecen los esguinces de tobillo, las distensiones musculares, el dolor anterior de rodilla, las molestias lumbares, las tendinopatías y, en deportes de contacto, las conmociones cerebrales. La lista no es exótica. Precisamente por eso debería inquietarnos.
- Esguinces de tobillo: frecuentes en deportes con cambios de dirección, saltos y superficies irregulares.
- Distensiones musculares: habituales cuando se acelera demasiado la intensidad sin una base previa.
- Dolor de rodilla: especialmente común en adolescentes durante etapas de crecimiento rápido.
- Lesiones por sobreuso: aparecen cuando se repite demasiado, demasiado pronto y con demasiado poco descanso.
- Conmociones cerebrales: no siempre visibles, pero siempre serias; ignorarlas es una negligencia con silbato.
Evaluar antes de exigir: la prueba de humildad 🔍
Una buena pretemporada comienza con preguntas incómodas. ¿Cuántas semanas entrenó el atleta antes de volver? ¿Ha tenido dolor reciente? ¿Duerme lo suficiente? ¿Ha crecido varios centímetros en pocos meses? ¿Practica otro deporte al mismo tiempo? ¿Ha ocultado molestias para no perder el puesto? La adolescencia es una edad en la que el cuerpo cambia deprisa y la identidad todavía más. Para muchos chicos, admitir dolor equivale a declararse débiles. Para muchas chicas, pedir descanso puede sentirse como una invitación a que las llamen menos comprometidas. Mala pedagogía. Peor medicina.
Recuerdo a un jugador de fútbol americano de 16 años que llegó a consulta con dolor en la parte anterior de la rodilla. Juraba que era “nada”. Su madre, sentada al lado, levantó una ceja con la autoridad de quien ha visto más verdades que radiografías. Resultó que había crecido casi diez centímetros en un año, entrenaba velocidad por su cuenta y además hacía sentadillas pesadas copiadas de un video de internet. La rodilla no estaba fallando; estaba pidiendo representación sindical.
Las evaluaciones no tienen que ser sofisticadas para ser útiles. Revisar movilidad de tobillo y cadera, control de rodilla al saltar y aterrizar, estabilidad del tronco, antecedentes de lesión y tolerancia al esfuerzo ya ofrece pistas valiosas. La tecnología ayuda, pero la observación cuidadosa sigue siendo una herramienta extraordinaria. Barata, por cierto, detalle casi subversivo en tiempos de gadgets deportivos.
La receta sensata: carga gradual, fuerza y descanso 🧠
Prevenir lesiones no consiste en entrenar menos, sino en entrenar mejor. La gestión de la carga es el eje. Un aumento brusco del volumen o la intensidad dispara el riesgo, especialmente en atletas que llegan desentrenados o en pleno crecimiento. La primera semana no debería ser una trampa disfrazada de bienvenida, sino una rampa de entrada.
- Progresar por etapas: aumentar duración, intensidad y complejidad de los ejercicios de forma escalonada, no todo a la vez.
- Incluir fuerza dos o tres veces por semana: priorizar técnica, control y patrones básicos como sentadilla, bisagra de cadera, empuje, tracción y estabilidad.
- Entrenar aterrizajes y cambios de dirección: enseñar a frenar, girar y caer con control reduce riesgos en rodilla y tobillo.
- Planificar descanso real: dormir no es un lujo adolescente; es parte del entrenamiento, aunque no tenga camiseta del equipo.
- Registrar dolor y fatiga: una escala simple diaria puede detectar problemas antes de que se conviertan en baja deportiva.
El calentamiento merece una mención aparte. No debería ser una coreografía perezosa de cinco minutos ni una carrera sin sentido alrededor del campo. Un calentamiento eficaz eleva la temperatura, activa músculos clave, prepara movimientos específicos y ensaya la coordinación que luego se exigirá a máxima velocidad. En deportes de salto y giro, los programas neuromusculares han demostrado reducir lesiones, especialmente de rodilla. Traducido: enseñar a moverse bien antes de pedirle al cuerpo que se mueva rápido.
Padres, entrenadores y atletas: el triángulo que decide 🧩
La prevención no puede recaer solo en el adolescente. Pedirle a un chico de 15 años que gestione solo su salud deportiva mientras compite por minutos, becas, aprobación social y autoestima es una forma elegante de mirar hacia otro lado. Los entrenadores deben diseñar cargas razonables y fomentar una cultura donde reportar dolor no sea visto como traición. Los padres deben observar cambios de humor, sueño, apetito o movimiento. Los atletas deben aprender a distinguir incomodidad normal de señales de alarma.
Dolor que altera la técnica, cojera, inflamación, pérdida de fuerza, mareos, dolor de cabeza tras un golpe o molestias que aumentan con cada sesión no son detalles menores. Son titulares. Y conviene leerlos antes de que se conviertan en portada.
La pretemporada ideal no elimina todos los riesgos; el deporte, como la vida, conserva siempre su cuota de caos. Pero sí puede reducir lesiones evitables, esas que no nacen de una jugada desafortunada sino de una cadena de decisiones pobres. Preparar a un atleta joven no es endurecerlo hasta que aguante. Es enseñarle a durar. Y en una cultura que a veces confunde sacrificio con inteligencia, esa quizá sea la victoria más silenciosa de todas.
