La pretemporada no perdona improvisaciones 🏃
En agosto, cuando los pasillos de los institutos aún huelen a cera fresca y promesas académicas, los campos deportivos recuperan una liturgia conocida: silbatos, botellas de agua alineadas como soldados cansados y adolescentes corriendo bajo un sol que no ha leído el calendario escolar. La pretemporada en atletas de secundaria es ese territorio extraño donde conviven la ilusión, la presión por ganarse un puesto y una peligrosa fantasía colectiva: creer que el cuerpo puede pasar del sofá al sprint como quien cambia de canal.
Como fisioterapeuta, he visto demasiadas lesiones nacer no de una mala entrada ni de una caída espectacular, sino de algo mucho menos cinematográfico: una carga mal dosificada, un calentamiento decorativo, una noche sin dormir, un entrenador con buena voluntad y mala aritmética. Como periodista, también he aprendido que el problema rara vez está en un solo culpable. Padres, entrenadores, escuelas y atletas participan, a veces sin saberlo, en una coreografía donde el entusiasmo pisa los dedos de la prudencia.
«La lesión de pretemporada no suele ser un accidente aislado; es una factura que el cuerpo presenta después de varias semanas de pequeñas deudas ignoradas.»
El cuerpo adolescente es potente, sí, pero no es invencible. Está creciendo, adaptándose, negociando con hormonas, horarios imposibles y mochilas que pesan como si transportaran ladrillos. Exigirle rendimiento sin preparación progresiva es como pedirle a una orquesta que toque Mahler después de tres meses afinando con vídeos de TikTok. Puede salir algo. Probablemente ruido.
El mito del “ponerse en forma rápido” ⚠️
La primera trampa de la pretemporada es la urgencia. En dos semanas se pretende recuperar la resistencia perdida, construir fuerza, mejorar la técnica, impresionar al entrenador y, si queda tiempo, hacer los deberes. El resultado suele ser una epidemia discreta de dolor de rodilla, sobrecargas musculares, tendinopatías, esguinces y molestias lumbares que se esconden bajo frases nobles como “solo me tira un poco”. Esa frase, por cierto, ha precedido más visitas a consulta que cualquier diagnóstico elegante.
La prevención empieza antes del primer entrenamiento oficial. Un atleta de secundaria que llega a la pretemporada tras semanas de inactividad no necesita castigo; necesita transición. La adaptación física es una conversación, no una orden militar. Aumentar la intensidad de golpe quizá produce titulares internos —“qué duro entrenamos”—, pero también produce bajas. Y una plantilla diezmada no gana partidos; gana experiencia en salas de espera.
Señales que no deberían negociarse 📋
No todo dolor es una alarma, pero tampoco todo dolor es un trámite. La cultura deportiva escolar ha glorificado tanto el aguantar que a veces confunde carácter con imprudencia. Conviene enseñar a los adolescentes a distinguir el esfuerzo razonable del aviso serio, porque escuchar el cuerpo no es debilidad: es alfabetización básica.
- Dolor que aumenta durante el entrenamiento y no mejora al reducir la intensidad
- Molestias que persisten más de 48 horas o alteran la forma de correr, saltar o lanzar
- Inflamación visible, sensación de inestabilidad o pérdida de fuerza repentina
- Fatiga excesiva, mareos, calambres frecuentes o dificultad para recuperarse entre sesiones
Una vez, en una escuela de tamaño mediano donde el gimnasio tenía goteras y trofeos muy brillantes, un jugador de baloncesto me dijo que no avisó de su dolor porque “no quería parecer blando”. Tenía 16 años y una tendinopatía rotuliana que llevaba semanas pidiendo audiencia. Lo curioso —o lo triste— es que nadie le había enseñado que parar a tiempo no era rendirse, sino seguir jugando más meses.
La prevención real se entrena, no se declama 🧠
La buena noticia es que prevenir lesiones no exige tecnología futurista ni laboratorios con nombres impronunciables. Exige constancia, criterio y una pizca de humildad, ese suplemento que rara vez se vende en tiendas deportivas. Un programa serio de prevención de lesiones debe integrar movilidad, fuerza, control neuromuscular, descanso y progresión de cargas. No como un adorno antes del entrenamiento, sino como parte central del mismo.
El calentamiento, por ejemplo, no debería ser una vuelta al campo hecha con desgana y dos estiramientos que parecen saludos diplomáticos. Debe preparar al sistema cardiovascular, activar músculos clave y ensayar patrones de movimiento específicos. En deportes con cambios de dirección —fútbol, baloncesto, lacrosse, tenis— conviene incluir ejercicios de aterrizaje, desaceleración y estabilidad de cadera y rodilla. Las lesiones de ligamento cruzado anterior no se previenen con buenos deseos.
- Incrementar la carga semanal de forma gradual, evitando saltos bruscos en volumen o intensidad
- Incluir dos o tres sesiones semanales de fuerza adaptada a la edad, técnica y experiencia del atleta
- Practicar aterrizajes, frenadas y cambios de dirección con supervisión, priorizando la calidad del movimiento
- Programar días de recuperación real, no entrenamientos “suaves” que terminan pareciendo una final regional
La fuerza merece una defensa especial. Durante años se repitió que los adolescentes no debían trabajarla, como si tocar una mancuerna activara una maldición ancestral. Hoy sabemos que el entrenamiento de fuerza bien supervisado reduce riesgo de lesión, mejora rendimiento y enseña control corporal. La clave está en la técnica, la progresión y la vigilancia adulta competente, no en convertir la sala de pesas en un concurso de ego con música alta.
Dormir, comer y hablar: el tridente olvidado 💤
Hay una prevención menos vistosa que no cabe en un vídeo motivacional: dormir lo suficiente, comer de manera adecuada y comunicar molestias antes de que se conviertan en lesiones. Tres hábitos modestos. Tres pilares enormes. Un adolescente que duerme cinco horas, desayuna un refresco y oculta el dolor para no perder minutos de juego no está demostrando compromiso; está rellenando una solicitud para lesionarse.
Las escuelas deberían tratar la salud deportiva con la misma seriedad con la que tratan los resultados. Revisiones previas, educación sobre hidratación, protocolos de calor, acceso a fisioterapia o medicina deportiva, y canales claros para reportar síntomas no son lujos de programas ricos. Son medidas de sentido común. El presupuesto siempre aparece como villano conveniente, pero a veces el gasto más caro es no prevenir.
- Promover entre 8 y 10 horas de sueño en atletas adolescentes, especialmente durante semanas de doble sesión
- Asegurar comidas con carbohidratos, proteínas y líquidos suficientes antes y después del entrenamiento
- Crear una cultura donde reportar dolor sea visto como responsabilidad, no como falta de dureza
La pretemporada debería ser una puerta de entrada al deporte, no una aduana donde se confiscan rodillas, tobillos y entusiasmo. Preparar a un atleta joven no consiste en endurecerlo a golpes de cansancio, sino en enseñarle a sostener su talento dentro de un cuerpo capaz de acompañarlo. Porque el verdadero éxito escolar no es solo ganar el primer partido. Es llegar al último con el equipo sano, los chicos enteros y la certeza discreta de que alguien, por fin, decidió entrenar también la prudencia.
